NOTA:
Eddie Preston es ficticio. Se supone que es “el
más grande de los jugadores de fútbol australiano”, según él mismo.
Mi nombre es Don Lewis y soy un
biógrafo que vive en Sidney. Uno de los peores meses de mi vida empezó cuando
estaba en una época de desempleo, pues no había hecho la biografía de nadie en
meses. Pero la noche del dos de abril de 1995 recibí una llamada en la que se
me comunicaba que yo era el elegido por Eddie Preston para hacer su biografía.
Me puse muy feliz, y pensé que éste sería el fin de mi desempleo, que sería el
biógrafo más conocido del mundo. Al otro día fui a la dirección que me
indicaron y cuando llegué encontré una gran mansión, pero por dentro, una
porquería. Todo destruido, fuera de lugar, creí que me había equivocado de
dirección, hasta que oí a Preston hablando. Lo vi bajar de unas escaleras y se
dirigió a mí.
- ¡Ah! Te esperaba. Te llamé
porque oía tu nombre muy seguido y eras muy famoso.
- No soy famoso. Estoy
desempleado.
- Em… Tienes razón. En una
lista, señalé el primer idiota que vi. Bueno, empecemos.
Entre
más lo conocía me desilusionaba más. Sus malos modales, su forma de hablar,
parece como si se lo hubiera consumido la fama. Llegamos a un cuarto, me dio
una máquina de escribir y empecé.
- Quiero que empiece así: “Esta
es la biografía de Eddie Preston, el más grande deportista del mundo, el rey
del fútbol australiano…”
- ¡No! Me niego a escribir esto.
Usted no es ni más ni menos el más…
Mientras
yo alegaba, Preston sacó un revólver y disparó a la mesa donde yo escribía. Me
callé y empecé a escribir.
Ese
día a las 11:00pm me obligó a dormir en su casa. En una cama pequeña que me
había dado, me puse a pensar y decidí hacer dos biografías; la que Preston
dirigía, y la verdad sobre él. Entonces todas las noches escribí lo que yo
pensaba de él, la realidad. Al amanecer, oí a Preston toser muy fuertemente;
fui a su cuarto y lo vi tomando unas pastillas. Por la forma en que tomaba,
pensé que era un drogadicto. Me empezó a dar miedo.
- ¡Yo renuncio! ¡No puedo seguir
acá!
- Quédate donde estás – me
gritó apuntándome con el revólver - ! No saldrás de aquí hasta que termines esa
biografía. ¿Oíste?
Después
de eso, me invitó a salir un momento. Ya afuera, vio un venado y lo mató de un
balazo. Pensé que ya había matado a alguien, que tenía sangre fría para
matarme. Esa noche no pude escribir su biografía, porque fuimos a un bar donde
Preston acosaba sexualmente a las meseras. Me dijo que había empezado eso desde
1967, año en que se retiró del fútbol australiano. Estuvimos en esas durante un
mes, yo haciendo las dos biografías, hasta que el 29 de abril, aquella
madrugada, Preston se despertó más temprano que yo, y descubrió los papeles que
yo escribía. Los leyó y luego lanzó un jarrón de la sala a mi cabeza, aunque
afortunadamente no me dio y me despertó.
- ¡¿Qué es esta basura – me
gritó enfurecido -!?”
- Es la verdad, Preston.
- Eres un impostor, traidor y un
maldito mentiroso. ¡Creí que éramos amigos!
- ¿Amigos? ¡Nunca he sido su
amigo, viejo decrépito!
- ¿Cómo? Fíjese en lo que dice,
joven – y me apuntó con el revólver - .
- ¡Vamos! Usted no es capaz de
dispararme, anciano infeliz.
Yo
no sabía lo que decía en ese momento. Había olvidado por completo al venado, y
efectivamente me disparó en el hombro izquierdo. Luego se acercó y me dijo:
- Me partes el corazón,
muchacho. Creí que podríamos ser buenos amigos, pero lo destruiste todo. Así
que no hay… Oh… Mis pulmones…
Empezó
a toser, se fue corriendo por sus píldoras y unos segundos después llegó la
policía llevándose a Preston al hospital de la cárcel, mientras que a mí me
llevaron a otro hospital. Dos días después Preston murió a la edad de setenta
años de edad, solo e infeliz.
Cuando salí del hospital me
enteré de que Prestib había muerto de pena moral. Yo estaba feliz de oír que estaba muerto, pero me remordía el alma saber que una persona murió por mi
culpa. Organicé mis apuntes una semana después, y unos meses más tardé salió a
la venta un libro titulado “Preston: La Verdad Detrás De La Cortina”, el cual
fue un best seller el año pasado.
Después de todo, no pensé mal: Mi desempleo terminó y me convertí en el
biógrafo australiano más importante.
1996
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