- Oh, excuse me sir!
Exclamó la azafata tras chocar su cuerpo levemente contra una silla
delantera del costado izquierdo del avión. Ella había presentado su disculpa al
señor que estaba sentado sobre la silla contra la cual había chocado
involuntariamente segundos atrás, pero el susodicho nada escuchó, pues estaba
profundamente dormido. Se trataba de un señor robusto, de más de sesenta años,
vestido como un leñador, con las gafas puestas sobre la punta de su rosada
nariz, y con un libro abierto en su regazo, sostenido por su regordete par de
manos.
Quien sí escuchó la disculpa de la azafata fue Gómez, quien estaba
semi-acostado al lado del tipo dormido, quien por cierto se parecía bastante a
Rudolf Hommes. Gómez, con los ojos semi-cerrados miró a su derecha a su
compañero de vuelo profundamente dormido, y alcanzó a divisar a la azafata que
se alejaba, caminando lentamente por el pasillo, desfilando muy naturalmente un
hermoso par de nalgas hacia la parte delantera del avión. Al cabo de unos
segundos, después de contemplar el elegante caminar de la azafata, sus ojos se
abrieron de par en par y su postura se erguió por completo. Estaba dispuesto a
pararse, pero sintió una fuerza irreprimible desde su cintura que se lo
impidió. Claro, se trataba del cinturón de seguridad, el cual miró fijamente
con sus ojos y el cual sujetó con ambas manos, al tiempo que escuchaba el
ronroneo de los motores del avión y las conversaciones ininteligibles de otros
viajeros que iban en el vuelo.
“¡Jueputa! ¿Qué putas..? ¿Cómo llegué acá?”
Miró a su izquierda y vio una ventanilla. Trató de indagarla, a efectos
de encontrar alguna pista que resolviera sus inquietudes, pero solo vio unas
cuantas nubes, y un fondo verde azulado, que bien podía ser tierra firme o un
océano, pues su pobre visión de miope no le permitía mayor certeza al respecto.
Gómez indagó en su chaqueta, la que había estado usando como cobija y que había
tirado al suelo en cuanto se percató de su incertidumbre actual, y no encontró
sus gafas, de manera que siguió buscándolas, sin éxito, en rededor suyo.
“Jueputa… ¿A dónde voy? Si la azafata estaba hablando en inglés es
porque estoy yéndome de Colombia, ¿¿pero a dónde putas y por qué?? ¿Y con qué
visa o papeles? ¡No encuentro mi pasaporte! ¡Nada!”
Gómez, estático en su silla, empezó a sudar por la incertidumbre que le
rodeaba. No recordaba haber entrado a ese avión, ni haber llegado a aeropuerto
alguno, ni tener ningún vuelo pendiente qué hacer. Examinó sus manos en busca
de alguna posible pista, pero éstas no le decían nada que le pudiera ayudar, de
modo que apoyó su cabeza en su mano derecha, la cual a su vez apoyó en el
descansabrazos que separaba su silla de la del gordo dormido.
Recabando en su memoria, lo más próximo que encontró fue la fiesta de
bienvenida de un tal Godínez, en la casa de Andrea, en la Macarena. Este
Godínez se graduó de la facultad con más pena que gloria y se había perdido del
ojo público al poco tiempo, pero ahora estaba recién llegado de Bruselas,
después de hacer un doctorado en no-sé-qué y con una tesis summa cum laude,
laureada hasta más no poder por expertos en la materia desde todos los rincones
del planeta.
La fiesta estuvo animada, aunque repleta de desconocidos. A duras penas
conocía al tal Godínez por la Universidad, a Andrea, que la conocía por varios
amigos mutuos desde hacía años y que con los años habían logrado desarrollar
una buena amistad, y a Andrés, el hermano mellizo de Andrea. Gómez llegó a la
fiesta después de las 10:30pm, cuando ya había una gran cantidad de gente en el
apartamento de la anfitriona, por lo que decidió empezar a beber rápido para
alcanzar a los demás invitados.
Al cabo de media hora, Gómez ya había ingerido siete tragos de
aguardiente y empezaba a sentir sus efectos. Estuvo hablando con unos
desconocidos por un rato de manera irrelevante, luego con la anfitriona y el
agasajado. Finalmente sacó un rato para hablar bagatelas con el hermano de la
anfitriona, mientras seguía bogando aguardiente como una bestia de establo.
A estas alturas, recuerda haber sostenido una absurda conversación con Andrés
sobre el inusitado éxito académico de Godínez. El alicorado mellizo no sentía
menos que admiración por el homenajeado.
- No, es que ese man es
muy brillante… Tiene la tesis más laureada de la historia…
- ¿Cómo así que la más
laureada de la historia? ¿En esa universidad?
- No señor, ¡la más
laureada de la historia! Independientemente de la institución y de la
disciplina.
- Pues hombre, ¿cómo va a
ser? ¿Cómo hacen para medir eso? ¿Quién dijo?
- Yo no sé marica, pero así
es, es la más hijueputamente laureada de la historia, ¿cómo será que hasta unos
manes de Hollywood le han pedido autorización para hacer películas sobre
su tesis?
- ¡Coma mierda! ¿Una
película sobre la tesis de Godínez? Jajajaja…
Ya para las 2:00am Gómez había salido de la Macarena en un taxi, con
destino a su casa en Bella Suiza. Efectivamente llegó a su casa, se quitó su
ropa, dejó sus gafas en el nochero y se echó a dormir en su cama, lo que era
perfectamente normal dadas las circunstancias.
“¿Cuánto tiempo he estado dormido? ¡Quién me trajo hasta acá? ¿QUÉ
PUTAS PASA?
Por más que Gómez intentaba recordar algo más próximo a su presente no
lo lograba. Definitivamente, su último recuerdo antes de llegar al avión fue la
fiesta de bienvenida de Godínez, y si bien Gómez ingirió una buena cantidad de
aguardiente estando allí, recordó perfectamente cómo y de qué manera llegó a su
casa y se echó a dormir, de modo que su recuerdo subsiguiente más próximo era
el haber escuchado la disculpa de la azafata, en un avión en marcha, con
destino absolutamente desconocido, lo que sucedió apenas unos segundos antes de
hacer esta reflexión.
En ese instante se percató de la atractiva risa juguetona de una
damisela que estaba sentada justo en frente suyo, “forcejeando” con quien
aparentemente era su amante de turno. Por el espacio que había entre las dos
sillas delanteras, se medio alcanzaron a ver los rostros de cada uno de ellos.
- Ay, nooo, ¡cálmate!
Espérate a que aterricemos…
- No, ya, ¡ya! ¡Ya! Jajaja…
“¿Cómo es posible que este imbécil esté
con esta vieja tan buena? Siempre pasa lo mismo…”
Justo ahí, Gómez se percató de que algo no cuadraba bien. Lo de la
damisela y el imbécil no, eso es algo que siempre ocurre, es perfectamente
normal. Lo raro era que estuvieran en un vuelo internacional en este tipo de
avión, donde solo hay dos hileras de a dos sillas para pasajeros y un solo
pasillo. Se supone que los vuelos internacionales son en aviones anchos, para
cientos de pasajeros, con al menos tres hileras de sillas para pasajeros, no
solo de a dos sillas sino de entre tres y cinco, separadas al menos por dos
pasillos.
Por otra parte y simultáneamente a esta reflexión, se escuchó un zumbido
adicional al de los motores del avión, y al mirar por la ventana, Gómez alcanzó
a ver que el tren de aterrizaje había sido descubierto por el piloto, señal
inequívoca de que pronto iban a aterrizar. Con una extraña mezcla de alivio y
miedo, Gómez supo que en unos instantes iba a enterarse de su destino próximo
sin tener que preguntarle a nadie, pues le preocupaba que alguien le tomara por
loco, enfermo mental o bruto.
Sin embargo, al cabo de un minuto y mientras Gómez buscaba en sus
bolsillos la tirilla del tiquete aéreo (tirilla que nunca encontró), las
llantas fueron otra vez guardadas por el piloto, cosa absolutamente inaudita.
- Atención pasajeros: Nos
encontramos sobrevolando (sonidos de estática e interferencia), pero
debido a las pobres condiciones climáticas no es recomendable aterrizar
todavía, de manera que sobrevolaremos el área por unos instantes más, mientras
nuestra gasolina nos lo permita. Informaremos novedades oportunamente.
Disfruten del resto de su vuelo.
- ¡Ahhh! ¡Malparido clima
de mierda!
Exclamó un pasajero enloquecido desde las últimas hileras de sillas del
avión. Justo al terminar su quejido brotó un estallido de risas de los
restantes pasajeros, quienes sí parecían estar dispuestos a disfrutar del resto
de su vuelo. Gómez logró identificar entre los pasajeros a varias señoras
felices y supremamente divertidas por el comentario del loco de atrás, y sonrió
con desconcierto.
“¿Qué es esto? ¡Esto no es posible! No puede
ser cierto…”
Tanto desconcierto no podía ser cierto, efectivamente pensaba Gómez.
¿Una interferencia justo en el momento en que van a anunciar dónde están
sobrevolando? ¿Que bajen el tren de aterrizaje y luego súbitamente lo vuelvan a
guardar? ¿Unas señoras de aspecto conservador riendo jovialmente como reacción
al agresivo grito del pasajero furioso de atrás?
“¿Será que tuve algún trauma psíquico extraordinario por todo lo que
tomé anoche, de manera que se me generó una especie de laguna mental gigantesca
no durante la ingesta sino posterior a ésta? ¿Que, a manera de zombi sonámbulo
borracho, me paré de mi cama, me bañé, me fui al aeropuerto, compré un tiquete
aéreo quién sabe a dónde ni por qué y me monté al avión? ¿Que alguien se
aprovechó de mi pesado estado de alicoramiento y, por jugarme una broma, me
montó en un vuelo internacional al azar? Nooooo… Estupideces todas. Seguro que
todavía estoy durmiendo, esto es un sueño… ¡Esto es un sueño! ¡Sí!”
Claro, eso sí parecía ser algo lógico. No había manera de que tantas
incoherencias pudieran coincidir en la vida real. En la vida real, el ecléctico
público conformado por los pasajeros de un vuelo internacional jamás iba a
celebrar al unísono una exclamación tan políticamente incorrecta como la del
caballero soez de atrás. Tampoco era posible que Gómez botara la tirilla del
tiquete aéreo, eso jamás podría ocurrir, ni en su más salvaje borrachera.
Efectivamente, Gómez se convenció de que se trataba de un sueño, y ahora que se
había percatado de esto, se trataba de un sueño lúcido, donde él ahora podía
tomar mando de las situaciones y podía abandonar de inmediato su posición de
víctima determinada por su entorno.
Así, pues, Gómez, feliz y optimista, desabrochó su cinturón de
seguridad, pasó por encima del profundamente dormido doble de Rudolf Hommes sin
despertarlo (¿Quién sabe? De pronto hasta estaba muerto, ni roncaba el
miserable), y se pasó a la hilera de adelante, donde los dos amantes seguían en
su forcejeo juguetón.
- Atrás, imbécil, este es
mi puesto.
Gómez, antes de esperar respuesta alguna, puso su mano izquierda en la
cabeza del sujeto y la apartó del rostro de la damisela con suma violencia. El
sujeto, sin explicación física alguna, salió de un salto de su silla y cayó de
repente en el pasillo del avión, dejando el espacio libre para sí y la
damisela, quien no parecía tan sorprendida por el inesperado cambio de eventos.
- Hola amor, ¿estás bien?
- Sí, baby, siéntate
y hazme cosquillas…
Parecía drogada. Pronunció su frase sin siquiera abrir los ojos, sin
inmutarse de manera alguna, lo que era formidable para Gómez, quien en efecto
se sentó a su lado, acercó su rostro al cuello de la damisela y posó su mano
derecha en su vientre. Ella, al instante, exclamó con un quejido de placer,
demasiado agradable para ser cierto. Olía a fresas silvestres y a miel, era
simplemente una fantasía.
- Oiga, güevón, ¿¡qué le
pasa!? ¡Suelte a mi novia!
El sujeto se incorporó y empujó a Gómez del
hombro derecho hacia adelante.
- Silencio, gusano.
Gómez pronunció su instrucción con toda confianza, sin retirar por un
segundo su rostro de la extasiada damisela. El tipo, colérico e incrédulo, se
pasmó momentáneamente y se enajenó por completo a la ira. Preso por completo de
sus propios instintos, el tipo se abalanzó sobre Gómez y le apretó el cuello
con sus atenazados dedos, apretando con una fuerza que ni él mismo creía
posible hasta el momento y lo haló hacia atrás. Así, Gómez liberó a la damisela,
quien seguía inexplicablemente adormilada, y empezó a sacudir sus piernas en
desesperación y a tratar de liberarse el cuello.
“¿Qué putas pasa? Este es mi sueño, no se supone que esto me pueda
pasar en un sueño que estoy controlando, a menos que sea un llamado del mundo
real para despertarme. Solo un momento más, ¡por favor...! Vale, está bien, que
así sea, ya me despierto, lo disfruté mientras se pudo…”
Mientras tanto, el tipo iracundo seguía estrangulando a Gómez en el
pasillo y ni la azafata ni los demás pasajeros que se atrevieron a intentarlo
pudieron lograr que lo soltara. Finalmente lo soltó cuando notó que Gómez había
cedido por completo a la ley de gravedad y no emitía señal alguna de vida.
Justo cuando Gómez murió, el gordo que estaba sentado a su lado despertó
súbitamente, soltó el libro, enderezó sus gafas, observó el cadáver de Gómez en
el pasillo del avión al igual que a la muchedumbre asustada y pasmada en su
rededor, y preguntó alarmado a quien estuviera dispuesto a contestar:
- ¿Podría alguien explicarme qué putas pasa?
2011
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