En el preciso
instante en que abruptamente se interrumpe la emisión del vídeo de “House of
Pain” de Faster Pussycat, y se encienden las brillantes luces en todo el
recinto, los pocos individuos que aún quedan en el bar toman conciencia de que
han pasado dos horas y veinticuatro minutos desde que empezó el día. Acto seguido,
tan seguidamente como el alcohol en la sangre les permite deducir, entienden el
tajante e irreprimible mensaje que quienes llevan las riendas del recinto
quieren comunicar obviando el uso de palabras habladas.
Algunos cuantos,
obedientemente, se acercan a la barra y solicitan el uso del teléfono para
llamar a una empresa de taxis; otros cuantos evacuan, caminando lentamente por
la puerta principal, pero un individuo, sólo uno de los aproximadamente quince
que se encontraban en el bar en el momento del cierre, decide omitir el mensaje
tácito y mantenerse inmóvil en su sitio, inclinado sobre la mesa, mientras
contempla la estática pantalla azul en la que se proyectaron decenas de videos
hasta hace unos minutos.
A pesar de haber
bebido dos jarras de cerveza, acompañadas por uno o dos puñados de maní
picante, Raúl aún mantiene su lucidez, pero desea que por una vez en la vida
los encargados de cerrar el recinto al público se le acerquen y le informen
expresamente sobre la situación, y además le ofrezcan disculpas. ¿Por qué
tienen que cortar las canciones y prender las luces tan groseramente? ¿Por qué
interrumpieron la canción si aún no eran las dos y media? Y aun cuando fueran
las dos y media, ¿qué les cuesta dejarla hasta al final? ¿Será que creen que
por estar algo borracho perdí mi visión de lo real y no merezco respeto? ¿Es
que acaso mi dinero no vale?
Pasados unos
cuantos minutos, el único consumidor presente es Raúl, un flaco de un metro
ochenta, lentes para la corrección de una leve miopía, de pelo negro a ras del
cráneo, vestido con ropa que bien podría ser tanto setentera como noventera,
quien observa cómo los cuatro meseros, antes que acercársele a ofrecerle las
tan anheladas disculpas, empiezan a subir las sillas sobre las mesas. Es
sencillamente otro mensaje entre líneas, con el cual buscan reiterar el primer
mensaje. Estos manes quieren echarme
al tiempo que me ignoran... Qué vergüenza...
Sólo faltan por
levantar las sillas de una sola mesa. El empleado elegido por designios del
azar, titubea unos instantes al costado derecho del joven solitario, quien
sigue contemplando el azul electrónico de la pantalla.
-
Disculpe...
Voltea la
cabeza, observa al mesero de un metro sesenta, pelo negro y crespo, ojos
esquivos y piel morena, con ira inquietante, y endereza su cuerpo hasta quedar
sentado como nos enseñaron nuestras madres, sin retirar la vista de aquél
rostro.
-
Quiero hablar con el administrador.
-
No señor, no se encuentra. Sólo viene los miércoles y los viernes –
dicho al tiempo que con su cuerpo comunicaba ademanes de impaciencia por subir
las sillas a la mesa y poder ir a su lejana casa, posiblemente ubicada en Villa
Luz o más allá, a dormir lo merecido después de una extenuante jornada.
Raúl inclina la
cabeza y reflexiona sobre la situación. El cansancio, de repente, hace mella en
sus ínfulas de quejoso, y adicionalmente, de reojo, se entera de la atención
que le prestan los otros tres meseros a unos cuantos metros de sí, preparándose
para la eventual lid con el borracho de turno. Piensa en comunicar su anhelo al
mesero que tiene en frente, pero es fácil suponer que la demanda a incoarse
será irremediablemente resuelta con un “sí, claro, para la próxima,” lo que
equivale a un rechazo de plano, fundamentado en el estado de embriaguez del
accionante.
- Bueno... Gracias…
- Que esté bien, que vuelva.
Bendita idiotez.
Armó la escena para al final dar las gracias. Para esa gracia, se hubiera ido
con los demás cuando se encendieron las luces, y habría sufrido menos
humillación. Raúl lo sabe perfectamente, y por eso sale aburrido del bar. La
había pasado maravillosamente toda la noche, cantando al son del pop metal de
los ochenta y uno que otro flirteo con el rock moderno, pero el esplín se
apoderó de su ser en unos cuantos instantes. A pesar de tal sensación de
humillación y frustración, el siguiente paso ahora es comer algo, y con tal
objetivo en mente, camina un par de cuadras en el frío, nublado y desolado
Chapinero, consciente de que no será fácil encontrar un establecimiento decente
abierto a esta hora, y de que en la casa sólo va a encontrar un huevo, un par
de galletas de sal y agua de la llave. Raúl disfruta de la niebla y de la desolación,
pero desea volver pronto a su casa, pues olvidó ir al retrete antes de salir
del bar, descubriendo de tal forma que ése fue el supuesto cansancio que lo
invitó a salir del antro con la cola entre las patas. Desea orinar desde hace
veinte minutos, pero una seguidilla de conocidas canciones cuyos videos jamás
había visto, “House of Pain” de Faster Pussycat incluido, y las ideas detonadas
por su interrupción súbita, le impidieron satisfacer su necesidad orgánica
dentro del bar. Ante tal escenario, encuentra un carrito de pizzas atendido por
un joven de cachucha roja y bata blanca.
- Una de carnes, por favor.
- Sólo tengo de pollo con champiñones... Las
dos últimas.
- Bueno… Listo. Una por favor.
Efectivamente,
en la bandeja de pizzas sólo había dos rebanadas, y las dos eran de pollo con
champiñones. Raúl solicitó carnes por puro instinto, sin pensar y sin observar
la bandeja de pizzas. Cuando el joven de cachucha roja amablemente le puso los
pies sobre la tierra, titubeó unos cuantos instantes. La verdad es que le
encanta el pollo, pero los champiñones nunca fueron de su agrado. Sin embargo,
al contar con suerte de encontrar comida callejera a esas alturas de la
madrugada, no tuvo más remedio que acceder a la oferta disponible, no sin dejar
de lado cierto titubeo. Tiene muchas ganas de orinar, y considera hacerlo en el
muro, detrás del poste de luz, pero prefiere abstenerse de tal conducta por
puro respeto al otro integrante del cuadro, aún cuando a éste en realidad le
habría importado un sieso. Mientras la pizza se va calentando en el horno, Raúl
recuerda que en un puñado de ocasiones ha comido satisfactoriamente pizza
sacada directamente de la nevera, y se arrepiente de no haber pedido que se le
entregase así no más, sin calentar. Casi inmediatamente después recapacita, y
piensa que es mejor que se la sirvan caliente por cuestiones de salubridad, aun
cuando su nivel de escrúpulos es equivalente a cero. Así las cosas, el joven de
cachucha roja advierte que la rebanada de pizza se encuentra lista, y la saca
directamente del horno para ofrecérsela a Raúl.
-
Gracias...
Lleva pues la
rebanada directo a la boca y así se quema el paladar. No obstante, y sin
exhalar exclamación alguna, la mastica y la digiere raudamente, pues a pesar de
su lucidez, las ganas de orinar y el alcohol alojado en su organismo no lo
autorizan a distraerse con el dolor y el fastidio provocados por la herida, más
allá de la impresión inicial. Las siguientes pruebas de pizza se degluten
eludiendo el área afectada con relativo éxito, con la mala fortuna de que no
hay pasante alguno que funja como sucedáneo de anestesia.
Al terminar el
desechable alimento, da las gracias de nuevo y se echa a correr tan rápido como
su vejiga se lo permite, para llegar lo más pronto posible al apartaestudio que
hace las veces de su hogar, a unas nueve cuadras de distancia. Con todos sus
pensamientos dirigidos a la evacuación de su vejiga, su percepción de la
realidad se ve ligeramente trastornada. Dejando de lado ciertas imperfecciones,
sus sentidos estaban sanos, mas su cerebro no prestaba atención alguna a la
información que provenía de su rededor. Mientras sus oídos perciben el
acelerado y constante choque de un ajeno par de pies contra el asfalto, que va
acercándose progresivamente, y sin desacelerar su propio correr, su cerebro se
entretiene con escenas de películas donde algunos de sus protagonistas van
corriendo, en particular, el steady cam de Marlon Wayans en “Réquiem por
un Sueño” de Darren Aronofsky, y a Leonardo DiCaprio y a Mark Whalberg en “The
Basketball Diaries” de Scott Calvert, ambas escenas al son de una canción
punk que musicalizó una propaganda de casetes Sony CD-It, emitida por un corto
lapso en MTV por allá en 1996, combinación maquinada por su cerebro para el
momento en aras de entretenerle en su todavía naciente travesía, a falta de un
iPod, discman, walkman o similares.
Pero por más
entretenido que se encuentra Raúl en estos momentos, su cerebro recibe una
información que no puede ignorar exitosamente, como lo había logrado hasta ese
instante con los pasos descritos atrás, unos gritos monosilábicos que
igualmente se escuchaban paulatinamente más fuertes, y un vaho repugnante de
heces líquidas que algún impudoroso estampó en algún muro detrás de algún poste
de luz. En efecto, ahora mismo un par de manos está aprehendiendo tenazmente a
Raúl de los hombros, obligando una interrupción no meditada de la función
mental que estaba presenciando, precipitándose de bruces contra el suelo y
volviendo a la realidad que su sangre alcoholizada le permite presenciar.
-
¡Quihubo pues pirobo! ¡A mí no se me vuela!
Raúl, atónito y
consternado, a penas ahora comprende lo que ocurre. Mientras reconoce la voz
del joven de la cachucha roja, todavía expeliendo arengas, insultos sin sentido
y amenazas, se avergüenza de haber echado a correr habiendo olvidado el pago de
mil doscientos pesos por concepto de la hiriente rebanada de pizza de pollo con
champiñones. Se voltea, pues, avergonzado, se sienta en el suelo y hace señas
con su mano izquierda, invitando al joven de cachucha roja a que detenga su
verborrea, mientras indaga su bolsillo derecho con la restante mano.
-
Oiga, ¡qué pena! Es que estoy borracho y no sé lo que
hago... Se me olvidó pagar,
no quería irme sin pagar... Vea...
Le entrega un
billete de dos mil pesos, aún sentado en el suelo, al con razón iracundo joven
de cachucha roja, flaco y verdaderamente joven, pero fuerte como sus
necesidades se lo exigen.
- Coma mierda...
- Gracias...
El joven se
aleja de la escena, aún iracundo y caminando rápidamente hacia el carrito de
pizza que dejó abandonado dos cuadras atrás. Raúl, todavía sentado en el suelo,
y ahora con el esplín otra vez en primera plana, no sabe si reclamar los
ochocientos pesos que ahora le debe el joven de la cachucha roja, o dejárselos
como compensación por exponer el carrito de pizza a los peligros de la noche. A
su creciente aburrimiento se le añade, entonces, el urgente clamor proveniente
de su vejiga, clamor que determina a Raúl a abandonar su acreencia, a
reincorporarse y en volver a casa. A trote lento llega, pues, a su
apartaestudio.
- Buenas Eleodoro.
- Bien, gracias...
El portero abre
la puerta para dejarle entrar. Se dirige al ascensor, el cual para su fortuna
se encuentra en el primer piso, ingresa, pulsa el botón cuatro, se cierra la
puerta y en un santiamén se abre la puerta de nuevo. Raúl baja y se dispone a
entrar a su apartamento, a dos pasos del ascensor. Al sacar la llave de su
bolsillo con cierto trabajo, observa la puerta que tiene en frente y se da
cuenta de que misteriosamente se encuentra en el tercer piso, gira ciento
ochenta grados para encontrar el ascensor ya cerrado, y tras un nuevo respiro
de frustración, prefiere subir lo que resta de escaleras hasta el cuarto piso.
Por fin llega a su aposento, dirigiéndose inmediatamente al baño. Después de
unos ochenta segundos, se lava las manos y la cara, se desviste y se echa a
dormir, esperando que llegue prontamente el siguiente día, o cuando menos, que
el que acaba de pasar acabe de pasar.
Hora y media
después Raúl abre los ojos. Todavía está oscuro, todavía siente el alcohol en
su sangre, y ahora siente que su paladar está insoportablemente pelado y
ardiente. Vuelve a cerrar sus ojos en signo de lamentación, pero ya no podrá
volver a los dominios de Morfeo sino hasta la siguiente noche. En este preciso
instante Raúl aprecia y anhela la hasta entonces agradable e imperceptible
ausencia de dolor, recordando cómo seis horas antes su paladar estaba aliviado
y libre de molestias, pensando en cómo la mera ausencia de dolor puede llegar a
ser placentera.
En este punto
exacto, recuerda la “excusa” que le expuso al joven de cachucha roja. “Estoy
borracho y no sé lo que hago.” Raúl sabe perfectamente que las dos jarras de
cerveza no habían sido el motivo por el cual se fue corriendo al terminar la
pizza. Fue simple y llana torpeza, y hubiera ocurrido así aún en su más
despierta y perita lucidez, pues la torpeza, en Raúl, no conoce obstáculos.
Quejándose
mentalmente de los diversos sucesos del final de la noche, llega a la
conclusión de que no hay más alternativa que salir de la cama y dirigirse a la
cocina a tomar agua de la llave, y así calmar tanto como pueda la tediosa
quemadura, ad portas de una nueva mañana en el Distrito Capital.
2008
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