Un
hombre de treinta y cinco años, llamado Juan Manuel, va conduciendo un carro en
compañía de su hija de siete años, llamada Ángela. Van camino a la finca, desde
Bogotá hasta Apulo. Ambos van en las sillas delanteras, en una noche tranquila,
en la cual se podía oler el asfalto mojado, luego de la fuerte lluvia que azotó
a la ciudad y al departamento desde la madrugada. La niña, después de unos
cuantos minutos de silencio desde que volvieron al vehículo, luego de haber almorzado
tardíamente en un restaurante de carretera, lanza una pregunta con sincera
preocupación, desencadenando la siguiente conversación:
-
Papi, ¿cómo hace uno para escupir gargajos
haciendo ese ruido todo raro?
-
Nena, ¿pero cómo me preguntas eso?
-
Pues síiií, ¿cómo hace uno? Yo quiero saber…
-
¿Por qué? ¿Para qué?
-
Solo quiero saber…
-
No. No te voy a enseñar. ¿De dónde sacaste esa
idea?
-
En el colegio los niños lo hacen y yo quiero
hacerlo también.
-
Los niños… ¿Pero has visto a las niñas hacerlo?
-
No, pero quiero ser la primera.
-
A las niñas no les queda bien…
-
Ahhhh, ¿pero a los niños sí?
-
Pues no, tampoco… Nadie debería escupir en la
calle, menos lanzar gargajos…
-
¡Yo lo haría con Roberta! ¡En la casa de ella!
¡En el patio! El otro día estuvimos intentando pero no supimos cómo… ¡Papi,
enséñame!
-
No señorita. Es mejor así.
-
No… ¡No! Voy a preguntarle a todo el mundo
hasta que alguien me explique…
-
Si no sabes lanzar gargajos es porque no
necesitas hacerlo.
-
¿Cómo así?
-
Es cierto Angie. ¿Tú crees que esos niños que
escupen por ahí tomaron clases para lanzar gargajos?
Ángela reflexiona seriamente al respecto.
Ángela reflexiona seriamente al respecto.
-
Lanzar gargajos es algo natural – señaló el
conductor -- . Es como echarse pedos.
-
¡Gas! ¡Qué cochino!
-
¡Lo mismo deberías pensar de los gargajos! --
Replicó él con una extraña sonrisa, aunque ella no se percata, pues mientras
tanto hacía ademanes de asco con los ojos bien cerrados y con la cara dando de
frente hacia su propia ventana. Y continúa, con un poco de nerviosismo:
-
Ese es otro fenómeno… O mejor dicho… ¿Proceso
natural? No sé… En fin, aún si quisiera explicarte cómo hacerlo no tendría cómo
hacerlo, porque es algo que… Simplemente es natural…
-
¿¿Qué qué??
La niña pregunta con total
desconcierto. Naturalmente no entendió gran cosa de lo que su papá le dijo,
pero sin duda quiere, siente que necesita saber cómo lanzar gargajos. Continúa
ella, seriamente preocupada e indignada.
-
Papi, no te entiendo ni jota. ¡Mi mamá nunca me
habla tan raro! Eres muy raro. Seguro que ella me explicaría si estuviera acá.
-
Pero ella no está acá... Por favor no la
traigas a colación.
-
¿A dónde?
-
Hija, no hables de ella, al menos no ahora…
-
Ojalá mi mami estuviera acá…
Hubo un
silencio. Él, tratando de alivianar el tono de la conversación y evitar una
discusión pesada al respecto, dijo:
-
Tu mami no escupe. Es una mujer de mucha clase.
Y tú también lo eres, eres una princesita. Créeme cuando te digo que no te
quedaría bien escupir.
Ella no dijo nada. Se sentía un poco adormilada y agotada por la hora y el largo trayecto, que según lo que él planeaba iba apenas por la mitad. Él la miró mientras continuaba conduciendo y la notó con los ojos cerrados.
-
Te aseguro que cuando sientas la necesidad de
lanzar un gargajo lo harás sin necesidad de preguntarle a nadie. Es lo mismo
con los pedos y los eructos.
-
Papi… Se dice “erupto”… Con “p” de papi…
Él rió incómodamente. La miró de nuevo y la notó respirando más profundamente, durmiendo de manera plácida. “Ojalá permanezca así hasta que lleguemos a Apulo”, pensó. Procedió entonces a encender la radio con volumen bajo para no despertarla, pero al cabo de un rato, tal vez en menos de cinco minutos, luego de darle vuelta tras vuelta a todas las estaciones radiales que tenía programadas, nerviosamente la apagó. Necesitaba tranquilizarse y ejecutar el plan con determinación. Ya había empezado su ejecución, no podía echarse para atrás, ya había cruzado el punto de no retorno, tenía que ser esa noche y no otra, no podía aplazarse más. La determinación de ejecutar el plan le tomó varias semanas, y si no era hoy, quién sabe cuándo volvería a determinarse a hacerlo, si es que volvía a ocurrir.
Siguió
conduciendo, respirando lentamente y con profundidad, procurando
tranquilizarse. Miraba el reloj en la pantalla, en el tablero de control de su
carro, y se decía a sí mismo que en menos de dos horas ya todo estaría listo.
No podía echarlo a perder, tenía que ser esta noche y no otra. Ya mañana todo
estará bien, mañana todo será tranquilidad,
pensaba.
Reflexionar
de esta forma para nada le tranquilizaba. Por el contrario, mientras pensaba de
tal forma, su pie derecho, de manera lenta, inconsciente y progresiva, iba
presionando el acelerador más y más hasta el fondo.
“Porque mañana… ¡Es mejor! Mañana todo será mejor… Sí,
mucho mejor...”
Su respiración,
a pesar de sus esfuerzos, se aceleraba, al igual que brotaba copioso sudor de
sus sienes y de la palma de sus manos, por lo que cada siete segundos las
frotaba, primero una y luego la otra, en su regazo. Sus manos estaban frías,
heladas, pero su cabeza estaba caliente. Juan Manuel, en medio del nerviosismo
y la preocupación, estaba desarrollando una fiebre insoportable. Sentía ganas
de orinar, pero no quería, no podía detenerse a orinar en ese instante. No se
puede perder más tiempo. Orinará una vez llegue a Apulo, pero ahora no, ahora
hay que conducir.
Mientras tanto,
en dirección contraria se acercaba furiosamente una camioneta, conducida de
manera salvaje e irresponsable, probablemente por un joven borracho. Iba
velozmente dirigida como si estuviera apuntando a chocarse con el vehículo de
nuestros protagonistas, generándose una amenaza seria de colisión. Juan Manuel,
pues, de manera irreflexiva, con su adrenalina llena hasta el límite y por puro
instinto de supervivencia, esquiva exitosamente la camioneta virando violentamente
hacia la izquierda, justo segundos antes de que se concretara un choque
seguramente mortal.
La camioneta
siguió su curso frenético hasta desvanecerse del rango sensorial de Juan
Manuel, quien al esquivarla, perdió momentáneamente el control de su vehículo y
salió violentamente de la carretera, entrando en un lodazal, un espeso pantano
originado en las fuertes lluvias que recién cesaron un par de horas atrás,
quedando inmóvil totalmente, luego de que el carro se apagara por completo. Al
desvanecerse auditivamente la camioneta, hubo unos breves instantes de
silencio. Dicho silencio se vio interrumpido, al menos para Juan Manuel, en el
momento justo en que se percató de sus propias palpitaciones, golpeándole
fuertemente en su pecho desde adentro, y de su pesada respiración.
Así, con el
corazón trabajando descontroladamente, sus brazos tenazmente aferrados al
volante, y al tiempo temblando como hojas de árbol otoñal en medio de una
ventisca, Juan Manuel observó a su hija a su lado, quien continuaba durmiendo
imperturbable, sujetada por el cinturón de seguridad, y aparentemente sin
golpes ni heridas de gravedad, de modo que volvió su vista al volante, encendió
el carro, maniobró la palanca de cambios y volvió a acelerar el vehículo para
reanudar la marcha hacia su finca en Apulo, pero no avanzaban ni un centímetro.
Efectivamente, el carro estaba atrapado en el lodazal, y las llantas de atrás
giraban una y otra vez sin cumplir el objetivo propuesto. Juan Manuel lo
intentó de nuevo, desesperadamente, obteniendo el resultado recién descrito.
Simultáneamente pensaba.
“Es que soy muy bruto, demasiado bruto… ¡Soy un
imbécil de puta mierda! No debí haber esquivado esa camioneta, debimos haber
muerto ahí, justo ahí… Soy un retrasado mental, un malparido retrasado mental
de mierda, ¿qué puta mierda voy a hacer ahora? ¡Jueputa vida de mierda! Aunque
quién sabe, pudimos haber quedado vivos… Lisiados de por vida… Quién sabe qué
habría sido peor… Yo no sirvo para estas güevonadas, yo no soy así... ¡Jueputa
vida! ¿Qué habría pasado? Tal vez la consecuencia no habría sido irremediable,
hubiéramos, posiblemente, quedado vivos y lisiados… No… Seguro que habríamos
muerto… Quién sabe… ¡Jueputa vida, quién sabe! ¿Cómo saberlo? ¿Y cómo voy a
salir de este mierdero? ¿Cómo voy a resolver esta puta mierda?”
En medio del
desespero, la rabia, la angustia en que se encontraba, y de reflexiones en la
línea señalada, Juan Manuel continuaba acelerando el vehículo con violencia,
presionando con todas sus fuerzas el pedal, descargando toda la ira y la
frustración que sentía en ese momento, sin que el carro se moviera en dirección
alguna. Golpeó el tablero fuertemente una vez. Agotó momentáneamente las
fuerzas en su pie derecho, pero inmediatamente después hundió el acelerador con
el pie izquierdo, con la misma violencia, de la misma manera irreflexiva y
frenética.
Todo esto
ocurría, al tiempo que el motor se iba revolucionando cada vez más y más,
llegando a su límite, tal como lo alarmaba visualmente el tablero, y
sonoramente el horrible, indomable rugido del motor, el cual en consecuencia
empezó a echar humo, superando las restricciones físicas que imponía el capó.
Fue en este instante que la niña despertó.
-
¿Ya llegamos?
El conductor continuaba, en silencio, en su furiosa e infructuosa misión.
-
Papi, huele a quemado… ¿Qué pasa?
Sin desacelerar en ningún momento, contestó:
-
Nada hija, vuelve a dormirte, es lo mejor…
-
Huele a quemado, ¿no hueles?
-
Ángela... No pasa nada… Todo está bien…
-
Papi, está caliente, ¡hay fuego! ¡Nos estamos
quemando!
El vehículo, efectivamente, había empezado a botar fuego desde el capó, y la visibilidad a través del parabrisas, de un momento a otro, se encontraba bloqueada por las llamas. Ángela empezó a llorar al instante, y petrificada por el pánico, se mantuvo lívida, absolutamente inmóvil. En un principio gritó, clamando por sus papás, primero por su mamá y luego por su papá, quien también empezaba a sentir el calor de las llamas, las cuales ahora se propagaban por fuera a ambos lados del vehículo hacia la parte trasera. Maniáticamente, Juan Manuel se repetía:
-
Todo está bien… Todo está bien…
El crepitar de las llamas y el fuerte olor del humo ahogaban los latidos del corazón de Juan Manuel, quien todavía padecía de una enorme tensión física y emocional. El fuego ahogaba en segundos y de manera exitosa el entorno de nuestros protagonistas. La niña, víctima del miedo, se desmayó y no volvió a manifestarse. El vehículo era presa de las llamas. La temperatura aumentaba vertiginosamente. Sin embargo, en ese instante, algo golpeó con fuerza el vidrio del puesto de Juan Manuel, el cual se encontraba totalmente cerrado. Éste volteó sorprendido hacia su izquierda y vio el vidrio totalmente resquebrajado. Instantes después, otro violento golpe terminó por destrozar el vidrio.
Se trataba de un
campesino que, al escuchar los gritos de la niña y observar el vehículo en
llamas, tomó una pala y se acercó corriendo, sin titubeos, a la escena. El
campesino, sumamente nervioso y lleno de miedo, pero valientemente resuelto a
salvar a los accidentados, le habló al conductor.
-
¡Amigo! ¡Tranquilo que ya los vamos a sacar de
aquí, no se preocupe! ¡Deme su mano!
Juan Manuel, respirando hondamente y lleno de sudor, observó al campesino por dos segundos. Volteó su vista hacia la guantera, soltó el timón, se inclinó e indagó con su mano derecha en la guantera. El campesino estaba consternado por la extraña mirada de nuestro protagonista, quien no parecía alegrarse por su intervención.
-
¡¿Qué hace hombre!? ¡Deme su mano ya..! ¿¡Qué
hace!?
No le dio su mano. Simplemente le disparó, una vez, en el estómago, o tal vez en el pecho. Soltó el arma de inmediato. En realidad no había apuntando. En realidad ni siquiera quería hacerle daño, solo quería que lo dejaran en paz, pero mientras miraba fríamente al campesino, pensó que no había caso en pronunciar palabra alguna. Había que ser categórico, y no había más alternativa. El campesino se echó para atrás a causa del impacto. La esposa del campesino, quien observó la escena desde una prudente distancia, corrió hasta donde su marido, quien retrocedía tan rápido como se lo permitían sus piernas y su herido cuerpo, presionando su costado con ambas manos. Ella gritó al observar la sangre que chorreaba a borbotones.
-
¿¡Qué es lo que está pasando!? ¿¡Qué pasa!?
-
Me dispararon, mujer… Me dispararon…
-
¡Pero hay que salvarlos! ¡Que alguien nos
ayude! ¡Auxilio!
-
No te acerques, ¡que nadie se acerque! Me han
disparado desde el carro… No quiere ayuda…
El carro estaba ya rodeado por una decena de campesinos consternados, quienes se miraban mudos sin saber qué hacer. Solo uno de ellos corrió hasta el pueblo más cercano en busca de un médico, la policía, ayuda profesional, como fuera, quien fuera. Otro, impotente al no haber fuentes de agua próximas, empezó a lanzar desesperadamente y de forma irregular lodo al carro para ver si de pronto así lograba detener las llamas. Pero el carro seguía incendiándose, consumiéndose sin pausa, primero por fuera y ahora por dentro.
Mientras el auto
continuaba calcinándose, Juan Manuel alcanzó a pensar en cómo los suicidas, al
determinar su decisión de acabar con sus vidas, se encuentran simultáneamente
llenos de frialdad y valentía para alcanzar su fin próximo y cobardía extrema,
pavor desmedido, para alcanzar su fin último. Pensó en la solemnidad con la que
armó su plan, el supuesto cuidado con el que trazó su misión, y en la forma
como la casualidad y un conjunto de variables no previstas cambiaron el curso
de los hechos. Pensó que tal vez debió haber optado por una vía menos
traumática y más sencilla para lograr el mismo objetivo. Pensó en lo
extrañamente tranquilo que se sentía ahora que tanto su hija como él se
consumían en llamas y en que pronto dejarían de ser. Pensó que tal vez no debió
haber disparado, en que tal vez debió haber aprovechado la intervención del
campesino para salir del vehículo con su hija y abandonar el plan.
“No… No… Definitivamente no. No fue exactamente a mi
manera, pero finalmente todo se resolvió. Bien o mal no importa, todo está
resuelto… Lo que fue, fue…”
El fuego,
irreprimible, incontenible, inclemente, continuó su curso natural hasta
convertir el carro en escombros inertes, ante los ojos incrédulos de una decena
de impotentes espectadores.
2011
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